Nunca he visto a mi madre abrazar a nadie, nunca. Ni siquiera a mí. Jamás. De cuando era niña, lo máximo que llego a recordar en este sentido es subirme a su falda y echar unas risas con ella el día que cumplí siete años. «Siete años como siete soles», dijo en ese momento. Y supongo que fue de las pocas frases cariñosas que me ha dedicado en la vida, porque no recuerdo ninguna otra.
No es que mi madre no me quiera. Es, simplemente, que se hizo de poco en poco una persona dificil. Dificil de tratar, dificil de entender, dificil de explicar. Por eso cuando siendo adolescente me quedé embarazada, lo único que quería en el mundo era que mi hijo naciese de una vez y abrazarlo.
Como madre, quise ser todo lo contrario a lo que ella había sido conmigo y lo conseguí. Exactamente todo lo contrario. Y fue fácil llegar a ello porque me salía solo, sin más. Y siendo así, tan liviana y espontánea, directa, risueña, creía que nadie nunca podría romper ese vínculo que yo tenía con mi bebé, ni por más años que pasaran ni por más cosas que sucedieran en la vida. Lo que nunca se me ocurrió pensar, inmersa como estaba en mi ignorancia de niña-mamá, es que las necesidades de mi hijo iban a resultar absolutamente otras de lo que habían sido las mías.
A veces pienso que me inventé y actué como la madre que hubiese querido tener yo para mí misma, pero es evidente que no fui la madre que quiso tener él. Y como las circunstancias y la vida le dieron la oportunidad de elegir, eligió no tenerme más. Y como uno no valora aquello que ha recibido sin esfuerzo ni consciencia, para él no significaron nada los abrazos que nos dimos. Ni las tardes de invierno en el parque. Ni los pequeños descubrimientos, ni los juegos. Ni las historias de antes de ir a dormir. Ni el cuidado ni el amor que nos tuvimos. Para él, que era mi vida, todo eso no fue nada cuando se le abrieron los ojos de la adolescencia y empezó a ver de otra manera.
Sé que no tengo razón cuando explico todo esto. Y no la tengo porque no puede existir razón de ningún lado cuando se viene un cataclismo así. La razón, en este punto, está perdida para siempre y lo único bueno que se puede rescatar de entre los escombros es la certeza de que nada de lo que pueda acontecer de ahí en adelante va a causarte más dolor del que viviste.
