Entro esta mañana en el bar al que voy a desayunar cada díay me encuentro con que el único taburete libre que hay está lejos del mostrador. Parsimoniosamente llego hasta él y empiezo a arrastrarlo con una mano mientras que con la otra agarro mis dos muletas y, haciendo malabares, me apoyo sobre una de ellas para poder avanzar de alguna forma.

Cuando esto sucede, siempre aparece el alma caritativa que viéndome en pelea con los trastos, coge el taburete y en un plis me lo traslada hasta la barra, evitándome el trabajo.

Hoy, sin embargo, hay un tipo mirándome con una copa de cerveza a la altura de la panza y una gamba salada esperando turno en un palillo. Un tipo ancho y con cara de satisfecho de la vida. Me mira y me mira con cada pasito que voy dando, el taburete a rastras y el ruido de todos los metales en movimiento, detrás de mí. Por fin llego al mostrador con la gota cayéndome por la sien derecha y el tipo me dice, con expresión jocosa y esperando que le siga la broma: «Tienes mala pata, chica».

Mala pata, sí, qué alarde de ingenio, qué agudeza mental la del devorador de crustáceos.

Lo miro con cara de «no sé qué me has dicho» y me hago la idiota. Como no me he reído de su ocurrencia y chistosidad sin límites, el caballero se ofende y se da la vuelta para el otro lado, mascullando por lo bajo: «Bueno, bueno, qué humos».

Claro, humos.

Si en vez de ignorarlo, le hubiera contestado que no era mala pata sino enfermedad neuromuscular, su respuesta hubiera sido: «Ah, sí, yo también tuve eso mismo hace años». Y me hubiera regalado cuatro buenos consejos para poder dejar los bastones. El problema es que esta clase de personas no saben que el ochenta por ciento del tiempo que un discapacitado pasa en la calle lo vive escuchando frases simpáticas… y al final todo cansa. Sobre todo la estupidez.