A veces la memoria me parece un prodigio. Y muchas otras veces, me gustaría que tal prodigio llevara incorporado un sistema de control sobre sus propios efectos.
Puedo recordar el tacto de la mano de mi hijo cuando tenía seis años como si fuera ahora mismo. Era una manita pequeña y suave por las mañanas. Recién lavada, la apretaba fuerte entre la mía y nos dirigíamos al autobús casi corriendo, camino del cole. Otros días nos levantábamos un poco más temprano y entonces la caminata diaria hasta la parada era más tranquila y hacíamos crujir las hojas secas bajo nuestros pies. Y su manita era suave también en esas mañanas, pero entonces yo se la tomaba muy suelta, incluso se la dejaba de vez en cuando para que él saltara aquí y allá y pisara más hojarasca amontonada mientras subíamos. Puedo recordar esa manita y sentirla, y así vuelvo a tenerla junto a mi y eso me parece un prodigio.
Por las tardes, la manita de mi hijo tenía un tacto diferente. Estaba áspera, con los pliegues llenos de tierra seca del parque, haciendo juego con las rodilleras del pantalón y las suelas de las botas. Cuando le tomaba esa manita vespertina era para tirar de él. Estaba cansado de tanto no parar y caminaba cada vez más despacio, arrastrando los pasos y la mochila. Cuando subíamos al bus de vuelta a casa, solía quedarse dormido con la carita encima de mi falda. Puedo ver ese perfíl, notar su piel dulce y lisa, acariciarle la mejilla, sentir el peso de su cabecita sobre mis piernas y el ligero movimiento que se producía en su boquita entreabierta cuando venía un giro. La memoria me regala ese momento tantas veces como quiera y eso me parece un prodigio.
Pero luego, como si no costara nada, la memoria se hace persistente y profunda, más allá del tacto, más allá del olorcito a jabón después del baño, más allá de la vocecita que decía "mami, t’estimo", y de repente es como un taladro que intenta romper la corteza que me hizo el corazón para no infectarse las heridas, y lo consigue. Y quiero escuchar música pero la memoria convierte cada canción en un recuerdo. Y quiero ver cine, pero la memoria hace de cada película un episodio que viví. Y quiero completar un crucigrama pero en cada definición sólo caben las palabras que me quedaron por decir después de hablarle a mi hijo por última vez. Entonces la memoria ya no me parece un prodigio sino un veneno. Y en eso me siento tóxica e incontrolada. Y siento que no debo volver a recordar nunca más. Siento que no debo volver a pasar ningún tiempo, ni textura, ni sonido ni afecto, más veces por el corazón.
