Nunca he visto a mi madre abrazar a nadie, nunca. Ni siquiera a mí. Jamás. De cuando era niña, lo máximo que llego a recordar en este sentido es subirme a su falda y echar unas risas con ella el día que cumplí siete años. «Siete años como siete soles», dijo en ese momento. Y supongo que fue de las pocas frases cariñosas que me ha dedicado en la vida, porque no recuerdo ninguna otra.
No es que mi madre no me quiera. Es, simplemente, que se hizo de poco en poco una persona dificil. Dificil de tratar, dificil de entender, dificil de explicar. Por eso cuando siendo adolescente me quedé embarazada, lo único que quería en el mundo era que mi hijo naciese de una vez y abrazarlo.
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